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Las cámaras de fototrampeo registran la fecha, la temperatura y la hora,tienen unos sensores de movimiento que activan los disparos para tomar fotos y vídeo, funcionan el tiempo que duren las pilas, pero un mes suele ser un tiempo estándar para “escanear” el área. Se ubican cada kilómetro lineal a una altura entre 40 y 45 cm del suelo, en el tronco de un árbol o una estaca y su ubicación se georreferencia con un GPS para localizarlas después, un estudio previo a través de sensores remotos e imágenes de satélite determina los lugares más propicios para ubicarlas, generalmente aquellos con una cobertura vegetal que represente recursos de alimentación y abrigo para los animales. También indagando con personas de la región, se puede saber por dónde se mueven los animales.

El fototrampeo de una misma zona se suele repetir en distintos momentos del año; definitivo para observar la distribución y el comportamiento de los animales en territorios que cambian substancialmente ante los pulsos de inundación de las aguas. Cuando éstas empiezan a subir y a anegar zonas de alimentación y hábitats, la fauna migra; por ejemplo, en el caso de los ríos de los llanos orientales, hacia los morichales. Cuando las aguas bajan, los animales vuelven a los playones y al modo “veraneo” que ofrecen los cauces reducidos.

-Observen una foto de nutrias echando siesta y un vídeo que revela una manada de pecarís.


Pteronura brasiliensis (Nutria gigante). Material de fototrampeo en la cuenca del río Bita. Fundación Omacha.
Las imágenes de fototrampeo también dan indicios del estado de salud de los ecosistemas, veamos algunos ejemplos: Si habitantes regulares del dosel como los monos, se observan en las cámaras ubicadas en el soto bosque (la parte más cercana al suelo), puede ser un indicador de perturbación en el suministro de recursos de las zonas altas, lo que justificaría el riesgo de toparse con sus enemigos naturales al bajar en búsqueda de frutos.
Los mamíferos con requerimientos de hábitat grande para alimentarse, demuestran la presencia de los recursos que estos requieren. Por ejemplo, a una danta que pesa 300 kilos y come el 10% de su peso diariamente, el ecosistema le está proveyendo 30kg en pastos y plantas. La presencia de un puma, marca el hábitat de sus presas potenciales (agutís, lapas y pecarís por citar algunas). Así como la foto del mono aullador que baja del dosel para echar mano a los frutos de un moriche, miren igualmente el vídeo de un hermosísimo puma, que de todo tiene menos prisa.

La Fundación Omacha, lleva largo tiempo en Colombia instalando, monitoreando y analizando el material de las cámaras trampa, “una labor exigente y agotadora, pero llena de aventura y “mágia”, dice Federico Mosquera, biólogo de la Fundación.

Para la evaluación biológica del río Bita en el Vichada, que terminó en el mes de junio pasado, él y Jacinto Terán –apoyo de investigación para Omacha en la reserva Bojonawi- instalaron 80 cámaras (40 en verano, 40 en invierno). Un esfuerzo que representó 76.000 horas en las que las cámaras estuvieron “observando” su entorno, en el proceso se registraron 28 especies de mamíferos en el Bita, y aunque parecen pocas, representan cerca del 30% de todos los mamíferos de los Llanos Orientales. El resto de mamíferos son principalmente murciélagos que generalmente no quedan registrados en estas cámaras.

Para instalar las cámaras trampa, debieron acceder a zonas donde los vehículos no logran llegar, en una camioneta 4X4 cargaron un bote de 4metros con un motor de 6 caballos de fuerza para acercarse donde el terreno lo permitiera. En este bote recorrían el río y descendiendo alternadamente a izquierda y derecha, se internaban en tierra firme para instalar 10 cámaras por día. Cual detectives leían el terreno buscando indicios que aumentaran la probabilidad de fotografiar los animales: huellas, rastros, heces, letrinas, el resto de una presa, ramoneo de vegetación, madrigueras o caminaderos.

Si la cámara se instala en un buen lugar, es como si la dejaran frente a un escenario; porque “detrás del fruto que una ardilla roe, llegan las hormigas, detrás de ellas un armadillo o un oso hormiguero y detrás de estos el puma o el tigrillo que se los come” dice Mosquera . Para este biólogo, “el fototrampeo aprovecha la relación de redes tróficas que hay en los ecosistemas”.


Foto, Federico Mosquera.
En un río sinuoso con meandros, instalar una cámara cada kilómetro lineal significa horas de lento y silencioso avance, el día de trabajo empezaba a las 5:30am al prender la pequeña estufa que Jacinto Terán jamás abandona para hacer el café de madrugada a la orilla del río. Embarcan el desayuno, hidratación, galletas, atún o paquetes para aguantar hasta la noche cuando regresan al campamento base. Si corren con suerte, en alguna finca logran conseguir almuerzo.

“La jornada vale la pena”, dice Federico Mosquera porque “el avance por el río te va motivando e inspirando al ver los animalitos, la alegría de ver dantas, chigüiros y nutrias cruzando el río, delfines nadando o aves en las copas de los árboles, hace que el hambre se te olvide un poco”.

El fototrampeo es útil para saber dónde están las especies, cuáles son sus interacciones y cómo éstas protegen y propician sus ecosistemas; lo cual permite aportar información a los tomadores de decisiones y al sector productivo relativa a las áreas que debemos conservar para proteger servicios clave que están prestando, y también dónde y qué resultaría provechoso sembrar, reforestar.

Herramientas de investigación científica como el fototrampeo, aportan a modelos para planificar el territorio y aprovecharlo de manera más responsable. Está en manos del Gobierno y de los sectores productivos utilizarlas.

Los colombianos de a pie, por lo pronto, deberíamos apreciar, conocer y acoger en nuestro imaginario las especies nativas, sería maravilloso que los niños en las escuelas aprendieran a leer con D de danta y J de jaguar, que dibujaran las especies nativas y supieran en qué regiones de Colombia habitan. Deberíamos regalarle no peluches de oso grizzly, sino de oso de anteojos, no la hipopótama de Madagascar sino una nutria, o “perros de agua” con los cuales me despido. Quizá entonces, comencemos a amar lo nuestro.

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