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Por: María Isabel Henao

Que levante la mano en Colombia alguien a quien no le hayan dado una buena muenda los jejenes. La primera vez que me sucedió, fue en la ciudad de Girardot. Mis hijos aburridos pararon de contar las inflamadas picaduras cuando llegaron al número 300. Con este antecedente que me tuvo un par de días bajo altas dosis de loratadina y aplicándome hielo en las piernas; decidí que aquella fuera la última vez, y yendo preparada con mosquitero de cabeza, camisas de manga larga y chaqueta ligera impermeable, me dispuse a acompañar la evaluación biológica en aguas altas del río Bita a la que me invitó la Fundación Omacha este mes de junio.

En esas hermosas tierras del Vichada en la Orinoquia colombiana, se hace evidente que quien mantiene a raya la colonización humana y muchas veces su transformación negativa sobre los ecosistemas, es este pequeño insecto que hoy tengo el placer de presentarles en detalle. Quizá algunos de ustedes vieron la película animada Lilo y Stich. En ella, el agente Peakley define al planeta Tierra como un reservorio natural para el mosquito, el cual según él, es una especie en peligro. Más adelante cuando este extraterrestre conoce los mosquitos de primera mano, su emoción al sentir unos cuantos sobre su piel, se va transformando en un grito de terror al ser completamente recubierto por ellos y sus piquetes.

Si bien el protagonista de esta narración es el jején, no el mosquito, recordé esta película en medio de mis baños de repelentes insecticidas y anti ácaros los días que estuve a orillas del río Bita. Efectivamente los insectos en nuestro planeta son los reyes. Las cucarachas y su legendaria resiliencia, los mosquitos y los jejenes con su inmenso tamaño poblacional (de los últimos se reconocen 2204 especies, 350 de ellas identificadas para el neotrópico) nos recuerdan que la tierra es de los más pequeños, aunque nosotros le llamemos antropoceno a nuestra era.

Pequeñísimo e imposible de notar a simple vista su diseño tipo predador de película de alienígenas, hoy quiero mostrarles la imagen que nuestros ojos no pueden revelar y que gracias a la lente macro del fotógrafo y biólogo Jorge García, se logró en el laboratorio instalado en estas sabanas inundables a orillas del Bita. Al lado izquierdo, un jején apoyado sobre la piel de un voluntario (no fui yo evidentemente) se dispone introducir su apéndice alargado tipo jeringa para sacar sangre de los vasos sanguíneos. Al lado derecho pueden observarlo completamente lleno y saciado.

La cosa no pasaría de una anécdota o de una intrusión al mundo microscópico si los jejenes, dípteros de la familia Simuliidae, no fueran vectores de patógenos como virus, gusanos filarias y protozoos. De los parásitos transmitidos por esta familia, la más peligrosa para los seres humanos es Onchocerca volvulus, el agente etiológico de la oncocercosis, que en casos extremos puede producir ceguera. La molestia que nos deja después de su picadura, se debe a la saliva que excretan, la cual puede provocar reacciones alérgicas y ser responsables de infecciones secundarias en las personas cuando se rascan. Transmiten parásitos que afectan a las aves tanto domésticas como silvestres, a primates y al ganado, y son identificados como responsables de la transmisión de la encefalitis equina venezolana y la encefalitis equina del este.

Algunos reportes indican que el jején podría ser causante de la reducción de la producción agrícola regional, al impedir que las personas trabajen normalmente al aire libre. También afectan la industria ganadera debido a la irritación causada al ganado, que les impide alimentarse adecuadamente y puede reducir la producción de carne y leche. La molestia generada por estos insectos puede ser tan intensa como para suspender las actividades recreativas o evitar los lugares que ellos ocupan, afectando los ingresos por turismo.

El biólogo y entomólogo Diego Martínez Revelo, quien realizó un trabajo de campo en esta expedición sobre escarabajos coprófagos, me explica que si bien ambos sexos se alimentan del néctar de las flores, las hembras de algunas especies lo hacen de la sangre de vertebrados al requerirla para poner huevos viables. Las hembras producen de 200 a 500 huevos en generaciones de 2 semanas, en un solo ciclo gonotrófico, lo cual explica su gran abundancia. Este ciclo consiste en una toma de sangre, seguida de su digestión, y maduración y puesta de los huevos. Estos los distribuyen volando sobre la superficie del agua, sumergiéndose bajo ella o depositándolos en masa sobre hojas o ramas cercanas. Por fortuna, tienen algunos predadores. En la cadena trófica de la vida las larvas del jején sirven de alimento a insectos acuáticos y peces, y los adultos a otros insectos como los plecópteros.

Existe el mito de que los jejenes son exclusivos de las tierras cálidas, pero la verdad es que habitan una amplia variedad de ambientes donde hay espejos de agua muy fría a 0°C hasta aguas que exceden los 25°C, desde el nivel del mar hasta altitudes de 5000 metros, en agua dulce o con cierto grado de salinidad, en aguas claras y turbias, y saturadas o pobres en oxígeno. Mejor dicho ¡en todas partes!, pues con este extenso rango de posibilidades, el jején puede encontrarse prácticamente en cualquier lugar donde haya flujo continuo de agua, desde riachuelos hasta grandes ríos.

Con su ataque insistente sin importar la hora del día, alejan los disturbios humanos y nuestro afán por “desarrollar” a toda costa cualquier tipo de ecosistema sin tener en cuenta los valiosos servicios que en su estado prístino nos prestan. Uno de los cuales efectivamente es el ecoturismo. Si yo fuera aficionada a la pesca deportiva, gozaría de los paisajes absolutamente hermosos que ofrece el río Bita a lo largo de todo su curso; además una vez en la lancha en medio de su cauce, ningún insecto suele molestar. Por cortesía de los jejenes y zancudos las personas en el área de influencia del Bita, habitan lejos del cauce, solo los pescadores deportivos se aventuran en verano en la parte baja y media del río porque saben el paraíso que es.

Sin embargo el mosquitero de cabeza es lo mejor, se ve uno ridículo, como listo para recoger miel en colmenas, pero lo deja volver intacto; bueno, casi. No falta el jején que se escabulle entre la ropa y logra encontrar un resquicio por el cual empacharse de su sangre. A él le deseo buen apetito, y a ustedes, hasta la próxima.

*Fotos jején Jorge García biólogo y fotógrafo

*Artículo de María Isabel Henao

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