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El oso andino, oso de anteojos, frontino o para algunas culturas indígenas, el ‘Mashiramo’, es uno de los animales más emblemáticos de Suramérica.

Desde el norte de Colombia en la Serranía de Perijá, hasta el norte de Argentina, por toda la cordillera de los andes, esta especie va sembrando bosques, sembrando agua, sembrando vida.

Con una gestación de aproximadamente siete meses, da a luz hasta cuatro crías de las cuales usualmente sobreviven sólo dos de ellas que permanecen bajo el cuidado de su madre hasta los dos años en promedio, luego, se enfrentan a la vida por ellos mismos.

Una dieta casi herbívora es la que sostiene en pie los 150 kilos de peso que puede alcanzar un macho adulto y entre 60 y 90 una hembra saludable, sin embargo, ante la oferta de carne de algún animal muerto, el oso no desperdicia la proteína.

El avance de la frontera ganadera es su peor enemigo, le roban su hábitat, talan sus bosques eliminando su alimento y le meten terneros tiernos, gordos y lentos en sus dominios, él ataca eventualmente al ganado y el propietario sufre las afectaciones económicas, por eso es importante que aprendamos a convivir en armonía, entendiendo que no somos los dueños de las montañas, de los animales, el agua o el viento, sólo somos una especie más que debería aprender a compartir el planeta con las demás.

En el día del oso andino aprendemos a quererlo cada vez más, porque si no hay osos, no hay bosque, si no hay bosque, no hay agua y si no hay agua, no hay vida.

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