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Todo se ha reducido a tan mediocre discusión entre “buenos y malos”, que no se ve la necesidad, ni siquiera de esgrimir argumentos, los buenos somos los que protegemos un humedal, los malos son los que le quieren construir encima, los buenos somos los que protegemos los bosques, los malos, los que los quieren talar.

Pero hemos ido más allá, los buenos somos los vegetarianos, los malos son aquellos aberrantes seres de ultratumba que comen carne, criminales de la peor calaña aquellas comunidades que hacen uso de los servicios ambientales que les ofrecen los bosques cuando cazan un ñeque, un zaíno, una guartinaja o una iguana para alimentar a sus hijos.

A punta de redes sociales vamos a arreglar el planeta, satanicemos y condenemos a las comunidades afro que cazan en el Chocó para saciar su hambre, pero mientras lo hacemos, disfrutemos de una hamburguesa y entre bocado y bocado nos limpiamos las manos y la boca con 10 servilletas para cada uno antes de chupar por el pitillo nuestra gaseosa.

Olvidamos que para producir la hamburguesa se necesitaron 2.400 lt de agua, esa es la huella hídrica, sin mencionar el daño que puede hacer un simple pitillo a la biodiversidad durante los mil (1000) años que demora en descomponerse después de los 10 o 20 minutos de su vida útil.

Infografía Huella Hídrica Natural Press
Después condenemos a quienes pretenden seguir desarrollando la minería artesanal en Santurbán como lo han venido haciendo por los últimos 400 o 500 años porque gracias a la minería se contamina el agua que llega a nuestras casas, mientras satanizamos a esos demonios mineros, vertemos el aceite de las frituras o del atún por el sifón de la cocina.

Nos preocupa recibir el agua contaminada, pero no verterla contaminada, nos preocupa quién esté aguas arriba, pero ¿nos preocupa del mismo modo quién esté aguas abajo?

“Hipocresía activista ambiental”, podría llamarse la falta de coherencia de algunos, es natural, quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, pero la discusión es mucho más profunda y en el seno de organizaciones, colectivos e incluso instituciones dedicadas a la protección del medio ambiente, los recursos naturales y la garantía de una calidad de vida digna de las comunidades, hay fisuras y puntos de vista divergentes.

Mientras reconocidos patanes en programas mañaneros de emisoras comerciales pontifican sobre las grandes bondades de basar la economía en el extractivismo demencial de cualquier mineral, el desarrollo de proyectos de infraestructura que no respeten los mínimos de conservación y la construcción de carreteras que en lugar de unir, terminen dividiendo, en realidad lo que hacen es dividir; hay otros que se dedican a explicar que todo en el planeta hace parte de un solo organismo, que todo está conectado, que “el aleteo de una mariposa en Japón, puede desatar un huracán en el Caribe”.

Las conexiones vitales son desatendidas y despreciadas por quienes requieren dinero rápido y a cualquier costo, ahí se ha centrado la discusión, ¿quieres que te de $50 hoy o prefieres $100 mañana?, la respuesta, lamentablemente es en casi todos los casos, de corto plazo, hoy, ya, inmediato.

Sin embargo, sí existen esa clase de personajes que deslegitiman toda la lucha que emprendemos quienes pretendemos explicar las conexiones vitales de una manera sencilla para que ellas sean respetadas por los grandes tomadores de decisiones y por los pequeños, que somos todos, cada día, desde nuestro hogar. Sí existen esos ambientalistas extremos, pero no somos todos.

Ya de por sí, la lucha en torno a tratar de hacer comprender a los patanes que nos llaman “Yihadistas Ambientales” una idea con futuro es bastante desgastante si a eso le sumamos, aquellos que pretenden que no se tale un árbol, que no se consuma un animal o que no se construya nada porque “todo genera impacto”.

Todos aquellos que toman el tema ambiental como un medio para torpedear a su opositor, enemigo político, detractor o similar, deben ser castigados con el anonimato, con el “látigo de la indiferencia de la opinión pública” para no permitirles que se vuelvan famosos en las ruedas de prensa o en las redes sociales.

Ese es el caso de algunos “Ambientalistas Extremos” cuya pretensión es que la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) de El Salitre que contribuirá en gran medida a la descontaminación del río Bogotá, no se lleve a cabo porque se afectará un humedal que hace un par de años no existía.

Menuda tozudez si se tiene en cuenta que todo Bogotá era un solo humedal hace apenas algunos cientos de años y que tras el fenómeno La Niña que afectó el país en años anteriores, el agua retornó a sus espacios habituales, como muchas veces se ha dicho: “el agua tiene memoria”.

Por decirlo de una manera incluso más coloquial: ‘cada vez que cae un aguacero en Bogotá se arma un charco’, que puede ser interpretado como humedal, ese es el caso del humedal El Cortijo que se verá afectado por las obras de ampliación y optimización de la PTAR Salitre al noroccidente de la capital.

Planta de tratamiento de Aguas Residuales del Salitre
Planta de tratamiento de Aguas Residuales del Salitre
Diego Ochoa, miembro de la Asociación de Ornitólogos de Bogotá manifestó que “ese es un ejercicio de compensación que deberá ser evaluado con el tiempo, en este momento se pierden 0,4 hectáreas de humedal, pero se compensan 40 hectáreas de ese ecosistema que antes no existían, falta ver cómo se comportan las poblaciones y si ellas van a desplazarse hacia esos sitios, en este momento eso no lo puede aseverar con absoluta seguridad, nadie, pero es lo más probable”.

Yo también estaría molesto por la construcción de una planta de tratamiento de aguas negras en frente de mi casa, seguramente la molestia es legítima, lo que no puede ser es que se tomen argumentos ambientales ‘traídos de los cabellos’, para justificar la aceptación del proyecto.

Falsos ambientalistas salen despavoridos a defender un humedal en pésimas condiciones, con tal de frenar la construcción de esta obra que ayudará a mitigar el grave impacto que los bogotanos le propinamos diariamente a nuestro río. En Bogotá no existen hace muchas décadas, ecosistemas prístinos, ni siquiera en buenas condiciones, y ahora parece que para estos ambientalistas extremos el humedal de el Cortijo sí resulta ser fundamental.

Las aves que están en este momento allí, se desplazarán tranquilamente para otro humedal en el momento en el que empiecen las obras, en la medida en que exista oferta ecosistémica que soporte la vida de estas especies, así son los pájaros, vuelan buscando las mejores condiciones.

Indigna la hipocresía de quienes satanizan el aprovechamiento de los recursos, pero también indignan aquellos que posan de lo que no son y deslegitiman con sus búsquedas basadas en falsos paradigmas, los argumentos de quienes pensamos más en un desarrollo verdaderamente sostenible en el tiempo que en un mundo conservado dentro de un frasco de formol.

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